Meet-Cute de Jueves por la Noche
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Star-Crossed Coulda #01
Cuando la luz del proyector se apagó, la mirada del cinepolito en la esquina comenzó a pesarme. Finalmente me estiré un poco y salí de la sala.
El sol fue lo peor. Salvo que ya no había. Era de noche. Había pasado cerca de cuatro horas, doble función, sumido en la oscuridad.
Parpadeé rápidamente mientras el silencio de la sala se escurría de mis oídos dejándole el espacio al ruidoso bullicio de la plaza.
Es jueves. Y aún así, el lugar estaba a reventar.
Rápidamente salí del cine. Miré a ambos lados.
E impulsivamente comencé a correr por la plaza hacia la salida.
En mi camino, vi de forma borrosa parejas de adolescentes con pants del Cobach. Sonreí recordando tiempos más simples mientras saltaba la barda del estacionamiento y encendía los faros de mi coche.
La música sonó en el estéreo. El mismo disco que lleva un año en repetición perpetua. Los Gallagher, por una vez en vez de destrozar sus caras, hacían llorar sus guitarras al ritmo de Talk Tonight.
Aceleré para ganar al rojo.
En el camino, entre el sube y baja de los puentes, no pude evitar notar que la vida no era del todo mala.
Al menos mejor que la segunda película.
Impulsivamente, tomé una desviación.
Quería un café.
La cafetería estaba desierta. Las mesas vacías y un rumor de jazz sonaba de fondo. Frente a la barra, una chica de gabardina café y cabello claro y trenzado miraba el menú y murmuraba para sí.
Me formé tras ella, con las manos en los bolsillos. La noche era tranquila. Del otro lado de la ventana, los árboles se mecían suavemente con las ráfagas de viento que antojaban la llegada de un nuevo otoño.
Un clap me sacó de mis pensamientos. La chica frente a mí comenzaba a jugar a ponerse de puntillas y bajar, haciendo sonar el tacón de sus botas marrón. Sonreí.
Frente a nosotros, en la metálica máquina de café, pude vislumbrar una imagen difusa de su rostro.
—¿Sabrina? —murmuré con escepticismo. Quizá lo hice más fuerte de lo que esperaba, pues la chica inmediatamente se dio media vuelta y con la mirada perdida dijo en un suspiro:
—¿Madonna?
Parpadeó un par de veces.
—Disculpa. Lo tenía atorado.
Yo me encogí de hombros.
—Entendible. Lo repites muchas veces en la canción. —Señalé la bocina en una esquina. Bring Your Love había comenzado a sonar. Ella miró la bocina con la boca entreabierta. Miró a la sonriente barista con la cara encendida de emoción. Sabrina Carpenter suspiró, volviendo a inspeccionar el menú.
Carraspeando dijo:
—Creo que tomaré, este, un, uhm…
—Déjame adivinar. —Interrumpí. —¿Espresso?
—Espresso. —Pidió con una sonrisa, fingiendo que no me escuchaba. La barista asintió, cobró y comenzó a realizarlo. La rubia volteó de nuevo a verme. Barriéndome con la mirada expresó:
—¿Qué eres comediante o algo así?
—Algo así. —Respondí encogiéndome de hombros. —Sólo un stand-up guy.
—Muy gracioso. —Entrecerró los ojos en una mueca pensativa. —Escucha, no me encanta jugar la carta de soy una popstar y no sé quien creas que seas pero plis, plis, plis…
—Yo no miento. Hago monólogos. Mañana me presento. Quizá has visto mi cara… o mi nombre… ¿en el teatro de la esquina? —Me encogí de hombros. Ella quedó pensativa.
—Perdona. —Ambos giramos la cabeza. La barista nos veía atentamente. A mi, con algo de sorpresa y enojo. —¿Qué va a querer usted?
—Espresso. Doble, por favor. —La rubia bufó con burla al escucharme. Pagué y me entregaron mi ticket. —¿Algún problema?
—¿Además de tu necesidad de agradarme? —Fingió pensar, llevándose un par de dedos a los labios, tamborileando en una mueca. —No lo sé.
—La bebida que quiero, tristemente aquí no la sirven. Así que estoy recabando los ingredientes.
—Como sea. —Le entregaron su bebida. Pero no se movió. En su lugar, le quitó la tapa y sopló al humo que se formaba. —¿Y qué haces? ¿Vas, te paras, dices groserías, dobles sentidos y te vas?
—Agrégale un par de estribillos, un coro pegajoso y baile y es tu show, ¿no?
—No se te olvide el baby-doll. —Me guiñó un ojo, mientras sorbía café.
—Oh, no me olvido. —Me entregaron el café. —Gracias. Pero, ¿quién dice que yo no lo llevo… o por lo menos el corset?
Eso hizo que casi se atragantara con su café.
Levanté ambas manos, en señal de rendición.
—Yo sólo digo, soy un Observador de la Condición Humana. Muchas cosas pueden ser ciertas y otras tantas no.
—¿Y cómo saber cuál es cuál? —Suspiró ella.
Caminamos hasta la puerta. Ella me miró, pero yo ya estaba en movimiento y la abrí con un asentimiento y un fingido amago de reverencia. Ella rió animadamente.
—Qué estúpido —dijo.
Salimos. El aire arremolinó su cabello y la hizo temblar ligeramente. Señaló con la mano que llevaba el café un coche con las intermitentes.
—Ese es mi carro. Suerte con tu búsqueda de ingredientes para… lo que sea que vayas a hacer.
Asentí. Metí la mano a mi chamarra y saqué una anforita.
—Espresso Martini. —dije. —Dos caras de la misma moneda, ¿no crees?
—No podrás dormir, ¿pensarás en mí? —preguntó entre sorbos pequeños.
Reí.
—Tal vez.
—¿Very Blue Things on a very blue room? —Recitó empujándome levemente. Me miró y vi cómo volvía a ser su personaje. Negué con la cabeza.
—Sólo si no puedo dormir.
Ella alzó las cejas, retadora. Y con un asentimiento, se alejó y tras subir a su coche, este se perdió en la avenida.
Yo continué caminando, preguntándome dónde carajos había dejado mi auto.
*para propósitos de este texto, el diálogo -original en inglés-, ha sido traducido.

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