Tótem: el agridulce y tradicional festejo a la mexicana.

La primera regla para sobrevivir en una extensa familia mexicana es encontrar un grupo: uno de iguales (primos de edad similar), uno de tiranía (primos mayores a quienes idolatrar o menores a quienes cuidar… o esclavizar).
Otras opciones serían acercarse a algún tío o tía que disfrute de tu presencia o abuelitos que te consientan, pero, cuando todo eso falla, sólo queda la última opción: ir y aferrarte a los brazos de uno de tus padres y pasar las horas así, protegido.
Pero, ¿qué pasa cuando ni siquiera esto es una opción?
Sol, tiene la respuesta a ello y su historia se cuenta en la cinta de Lila Avilés, Tótem (2023). Al empezar la cinta se nos muestra una corta escena entre ella y su joven madre. Vemos la felicidad de la pequeña y la cercanía entre ambas, sin importar la precaria situación en la que se encuentran.
Ambas se dirigen a la fiesta del padre de la niña. Al llegar a la casona, ubicada dentro de la gran urbe en que la Ciudad de México se ha convertido, Sol camina por la enorme casa, repartiendo su tiempo entre momentos con sus tías, con sus primos, con sus tío y abuelo, pero, sobretodo sola.
Incluso estando con ellos, ella mantiene su distancia. Son pocos los momentos en los que Sol no está en escena, sin embargo, la historia se construye de manera tan natural, encapsulada dentro de una enorme casa que jamás se muestra por completo, que, estos momentos donde Sol falta, parecen dar la sensación y la intimidad de ser fragmentos de conversaciones de los que ella fue testigo andando con cautela de un lado a otro.
Es en esos momentos que los adultos muestran una presencia más profunda, y mostrar una realidad clara como el cristal: la edad no asegura que no te encuentres sin rumbo de vez en vez.
Tótem es un relato íntimo contado a puerta cerrada, pero al cual nadie es ajeno.
Resulta difícil como audiencia ser indiferente ante Sol, entrando en ese laberinto demasiado grande para ella pero en el que lucha por mantenerse entretenida, donde las conversaciones entre adultos imperan. Deudas, hijos adolescentes, problemas con la bebida, una limpia, un ritual para las malas vibras y un pastel quemado son algunos de los problemas que son enfrentados en cuestión de horas, dando una probada de la realidad que abruma cada vez más a esa familia.
Las tías, lejos de ser grandilocuentes, juegan con los diálogos más sencillos y comunes que todos hemos escuchado dentro del seno familiar, mientras que aunadas a silencios y miradas, realizan acciones desesperadas que de alguna manera las hacen resistir todo lo que está pasando, manteniéndose a flote un día más.
Lentamente, la cinta suelta fragmentos de imagen hasta admitir que, al fondo de un pasillo oscuro, en lo que parece un adyacente construido de la casa —algo común con el paso de los años y una rotación de habitantes—, pero es ahí donde se encuentra el padre de Sol, Tonatiuh. Un joven de veintimuchos que es aquejado por una terrible enfermedad. Pálido, tembloroso y muy débil, está a punto de ser homenajeado por su cumpleaños, uno que quizá sea el último.
Esa probabilidad se ha asentado en el ambiente como una realidad de carácter público, que incluso quien no lo sabe –Sol–, lo presiente.
Mientras la historia avanza y el día también, los invitados comienzan a llegar, así como el retorno madre de Sol, finalmente, tras haber preguntado por horas, se les permite ver a Tonatiuh, quien al ver a su hija, con aquellos enormes ojos rebosantes de amor, más que enferma, la prescencia del hombre se vuelve melancólica.
La película termina cuando menos se lo espera uno, dejando un sabor agridulce en la boca, al ver como los eventos siguen su curso natural, una historia que desde el primer momento sabíamos qué puntos debía cruzar antes de cerrar, y Lila Avilés lo hace con una sutileza difícil de cuantificar, dejando a quien ve la historia embargarse de tanta nostalgia que logra hacer que el mismo corazón duela… y siga doliendo incluso al haberse acabado los créditos.
La simpleza de los actos dentro de la película, el dolor inesperado que acompaña a Sol sin importar a donde vaya, enredada en esa maraña de desconocimiento en la que una sola verdad asoma: su papá va a morir. O al menos eso es lo que entiende a tan corta edad, pues todos a su alrededor sólo le dicen lo enfermito que se encuentra, razón por la que no pueden estar juntos.
Como mexicanos, y siguiendo la tradición es imposible evadir ciertas verdades, y una de ellas es que una situación similar –tener un enfermo en la familia el cual termina dependiendo de otro familiar y es aislado del resto de los habitantes y visitantes de la casa– es no sólo algo que la mayoría ha observado o le tocará observar, sino también un miedo latente. Es en estos momentos de crisis en que no sólo la dinámica familiar cambia de manera exagerada, sino que también salen a relucir los poderíos que definen y levantan esa pequeña comunidad.
Es bien sabido, que a pesar del problema del patriarcado y machismo que atormenta a nuestra nación, -y de los cuáles la cinta es consciente-, la gran casa funciona gracias a un esfuerzo femenino conjunto: A pesar de que el padre de Tonatiuh sigue con vida, son sus dos hermanas la que parecen mandar dentro de la casa, dos mujeres adultas con hijos, cuyas parejas no aparecen en ningún momento. De una, —la que tiene hijos adolescentes— se dice que llevan poco tiempo viviendo ahí, a causa de las deudas, mostrando otra realidad mexicana, problemas y deudas dentro del seno familiar de lo que no se sabe mucho, pero se conoce parte del contexto por medio de escuchar conversaciones a medias.
Lila Avilés se muestra como una narratera con grandes dotes de observación, que sin mostrar una historia grandilocuente logra empatizar con un público no sólo nacional sino también internacional. Tótem demuestra que un ritmo pausado y a la vez caótico que muestra una cotidianeidad de las tantas que existen, resulta fascinante incluso para aquellos que no lo viven en carne propia.
Tal vez incluso más para los extranjeros que para los propios compatriotas.
Tótem es un día común en la vida de sus protagonistas. Una propuesta cinematográfica llena de valor, ternura y cariño que demuestra la resiliencia de las y los cineastas mexicanos, que aún cuando su labor pase desapercibida muchas veces, siendo devorada por los monopolios y/o películas extranjeras...
Tótem demuestra por qué se sigue haciendo, y por qué vale la pena continuar contando historias mexicanas.
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