Fiebre de toda la semana por la noche - Star-Crossed Coulda #02
—¿Estás bien? —me preguntó con letargo el dependiente del mini-súper, casi tan ojeroso como yo. Levanté el pulgar afirmativamente mientras él continuaba cobrando. Me sorbí la nariz sonoramente mientras intentaba mantener los ojos abiertos. —Te ves de la chingada —agregó.
—Por eso llevo esto —dije con voz mormada levantando el jarabe.
Él se encogió de hombros y siguió pasando los productos y empacándolos en una bolsa de plástico. Los ojos me ardían mientras trataba de reprimir las ganas de decirle que se apurara.
Cuando finalmente pasé la tarjeta y me entregó la bolsa, caminé hasta la puerta, tratando de contar las monedas en mi bolsillo.
Entonces la puerta me golpeó.
Primero en el pie y luego en la cabeza. Un tercer impacto sonó y luego varios más cayendo al piso, seguidos de un quejido desesperado.
Comencé a ver doble. Cuando finalmente recordé mi nombre, vi a una chica de cabello lacio en el piso, murmurando un par de cosas muy rápido mientras juntaba unos libros en una pila.
—Disculpa, ¿te pegué? Es que no te vi, y bueno, tú estabas ahí, así que pues, claro, no, no sé qué decir… —Le hice una seña para que detuviera su verborrea. Me estaba mareando. Negué con la cabeza.
—Todo bien. Disculpa, iba distraído. —Me masajeé las sienes mientras pasaba saliva con dificultad. Noté los ojos enrojecidos de la chica. En su suéter rosado llevaba un pin de la Universidad.
—¿Todo bien? —Pregunté dubitativo.
Ella emitió un quejido ambivalente. Señalé su pila de libros con la barbilla.
—¿Acabas de terminar de estudiar?
Negó con la cabeza.
—¿Y por qué no los dejaste en la biblioteca si ibas a volver?
—Porque la última vez la bibliotecaria pensó que estos libros no estaban prestados y se los llevó mientras estaba en el baño, así que con ellos se fueron mis apuntes, mi credencial, mis notas, mi lista de cosas por hacer, y no sé qué más. ¿Y todo por qué? O sea, sé que no soy Robert Redford ni voy a destapar una conspiración pero mi trabajo importa, ¿sabes? —Su pecho subió y bajó tras decir todo eso de tirón.
Asentí.
—Importa, sí. Claro. —Me sorbí la nariz. —Oye, mira. Yo tengo que regresar igual. ¿Te parece si te ayudo con estos libros mientras compras lo que tengas que comprar?
Ella me miró con suspicacia.
—¿Quién eres? ¿Bill Clinton?
—Sólo si prometes llevar a tu hijo John a la cena en veinte años para que me conozca. —Reviré.
Ella sonrió complacida.
—De acuerdo, Bill. Vuelvo en un momento, así que no abras la sombrilla, ¿quieres?
Asentí mientras tomaba sus libros y salía del establecimiento. Me apoyé en una de las paredes para reacomodar la tambaleante pila, y sin querer vi la ficha de préstamo sobresalir de uno de los libros.
La fecha era del día anterior. El apellido era Gilmore.
Miré con curiosidad los lomos de los libros, todos tomos relacionados con periodismo e historia del arte.
Del Barroco mayoritariamente. Uno del Gótico y otro de Gaudí.
La puerta sonó y ella salió.
—¿Sabías que la curiosidad mató al gato? —Inquirió.
—Ver los títulos es apenas curiosidad. Es más… observación general. —El reloj en mi muñeca pitó. Ella se lamentó.
—Dos de la mañana. ¡Dos de la mañana! Es sábado y estoy atorada en la escuela a las dos de la mañana.
—Dímelo a mí. —mascullé. Ella me miró con curiosidad.
—Sí, es cierto. ¿Tú qué haces en la escuela a las dos de la mañana? No te ofendas, pero no te ves en forma para… para nada realmente que no sea estar en tu casa sufriendo y viendo a Dulcinea mientras tratas de levantarte e irte en tu corcel.
—Gracias, sí, justo así me siento, pero… —Di un par de pasos hacia la gasolinera. Curiosa, ella me siguió. —¿Ves ese edificio enorme de luces apagadas? —Señalé.
Ella asintió.
—Vivo ahí.
—¿Vives dentro del campus?
—Lamentablemente.
—¿Hace cuánto?
—Demasiado. —Comenzamos a caminar de regreso al campus. —Su bolsa sonaba con un constante clink, clank. La miré con curiosidad. Ella me miró con inocencia. —¿Qué?
—Eso. O es cafeína o es alcohol.
—¿Y?
—Casi espero que lo que traigas ahí sea alcohol. El café probablemente va a terminar de sobrecargar tu sistema.
—Ja-Ja. —Rió sarcásticamente. —Ninguna de las dos. —Sacó dos botellas de vidrio de refresco de Cola.
Me detuve.
—Saliste a las dos de la mañana, de la comodidad de la biblioteca. Caminaste diez minutos cargando una pila de libros… ¿por dos Coca-Colas?
—Tenía sed.
—¿Y la expendedora?
—La Coca de vidrio es mejor.
—¿Qué se supone que conteste a eso?
—Nada. Sólo acepta que tengo razón y sigue caminando.
Y eso hice.
Cuando llegamos a la reja de la universidad, por el interfón, nos pidieron nuestros nombres y que mostráramos las credenciales.
Eso creó una pequeña crisis en la chica.
Aún conmigo sosteniendo los libros, pasó de uno en uno buscando entre sus páginas por su credencial. Cada libro lo hacía de forma más desesperada y preocupada. Cuando la torre estaba por caerse, apretando el de la cima con mi barbilla dije entre dientes:
—¿Checaste, no sé, en tu bolsillo?
Me miró con sus ojos claros y el ceño fruncido. Asentí, sin amedrentarme. Ella suspiró y me hizo caso.
Sacó la credencial.
Cuando finalmente entramos, ella giró sin pensar hacia la biblioteca. Cuando comencé a seguirla, paró en seco. Se golpeó la cabeza con la palma.
—¿Tú vas a…?
—Idealmente, sí. —Dije. —No me malentiendas, pero siento como cinco cinceles intentando abrirme la cabeza al mismo tiempo.
Ella rió.
—¿No estás exagerando un poco?
—Créeme, esto no es nada, en prepa yo… —me detuve. Hace tiempo que no pensaba en eso. Y no quería recordarlo realmente.
Ella asintió. Extendió los brazos para que le pasara los libros. Sus botellas tintinearon con la bolsa recorriéndose hasta su codo.
—Por cierto, —dije, aclarándome la garganta. —¿Por qué tantos libros de arte?
—Ah eso. Estoy escribiendo una historia.
—¿Historia? ¿Eres de letras?
—Periodismo. ¿Tú?
—Algo entre todo eso.
Me miró inquisitiva. Yo sólo me encogí de hombros. Suspiró.
—Bien, creo que la falta de medicina te está afectando. Eso o de pronto quieres jugar a ser una esfinge. Sea como sea… fue un gusto conocerte.
—Lo mismo, quizá un día de estos te vea en la biblioteca.
—El correo empieza a llegarme ahí.
—Trabaja duro, Gilmore. —Ella me miró inquisitiva. —La ficha de préstamo. —Aclaré.
—¿Y dices que no estabas curioseando?
—Sobresalía de uno de los libros.
Ella asintió, escéptica.
—Rory.
—Rory. —Repetí. —Te veo pronto.
Ella asintió con una sonrisa. Siguió su camino. Cuando dobló la esquina, solté una exhalación cansada.
Seguía muriéndome.

Comentarios
Publicar un comentario